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Este es un post de agradecimiento.
Si durante los últimos dos meses me ayudaste a respirar profundo…
Si me dijiste que lo estaba haciendo bien…
Si me aseguraste que equivocarse no iba más allá de aprender…
Si me escribiste deseando que todo fuera bien…
Si jugaste conmigo a las cartas…
Si empatizaste con la necesidad de esconder la cabeza bajo tierra (o tras un libro, acurrucada en el sofá)…
Si me mandaste fuerza, un abrazo, las mejores intenciones, un meme, un chiste…
Si me animaste a seguir con mis rutinas sanas, te interesaste por saber qué tal iba la meditación, si había noticias, si quería hacer algún plan o prefería estar en casa, cómo me había ido la jornada de trabajo…
Si supiste lo importante que era para mí lo importante, si estuviste a mi lado incluso estando lejos, si te preocupaste por mí (en el buen sentido, en el de cuidar)…
GRACIAS.
Muchas veces no somos conscientes de la suerte que tenemos. Gracias a los que están. Siempre. Gracias.
Y a ti que me lees, por supuesto.
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Y a ti que me lees, por supuesto.
Mis últimas fotos con el pelo verde. Últimos días en París. Paseos, Jules Verne, tiendas, suelos y un codo roto.
Vuelta a Madrid y la paz del hogar que se intensifica un domingo por la tarde.
Mis últimas fotos con el pelo verde. Últimos días en París. Paseos, Jules Verne, tiendas, suelos y un codo roto.
Vuelta a Madrid y la paz del hogar que se intensifica un domingo por la tarde.
Mis últimas fotos con el pelo verde. Últimos días en París. Paseos, Jules Verne, tiendas, suelos y un codo roto.
Vuelta a Madrid y la paz del hogar que se intensifica un domingo por la tarde.
Quizá se ha convertido en un tópico, pero enamorarse da miedo. Mucho miedo. Al principio no mucho. Cuando aún tienes la adrenalina por las nubes, no es que no pienses en ello, es que directamente no piensas. Pero luego, el amor (cuando es amor) se asienta en el estómago y es entonces cuando te das cuenta de la magnitud del “problema”.
Vuelves a abrirte a alguien, vuelves a mostrarte vulnerable frente a una persona que puede amarte, pero también puede herirte si las cosas salen mal. El tiempo se convierte en algo cruelmente elástico, que se estira cuando está lejos y se contrae si lo tienes junto a ti. Compartes tiempo, sueño, piel, cafés, preocupaciones, series y ciudades y, lo que antes era tuyo, ahora es vuestro. Vuelves a saber lo que es añorar y, aunque es romántico, aunque dice algo que a la postre siempre es bello, echar de menos no es bonito, es vacío y ningún amor debería acostumbrarse a ello.
Enamorarse da miedo, claro, pero a mí, personalmente, me da más miedo la alternativa y el vértigo de no saber qué sería de nuestra vida si no se hubiera cruzado el amor.
Quizá se ha convertido en un tópico, pero enamorarse da miedo. Mucho miedo. Al principio no mucho. Cuando aún tienes la adrenalina por las nubes, no es que no pienses en ello, es que directamente no piensas. Pero luego, el amor (cuando es amor) se asienta en el estómago y es entonces cuando te das cuenta de la magnitud del “problema”.
Vuelves a abrirte a alguien, vuelves a mostrarte vulnerable frente a una persona que puede amarte, pero también puede herirte si las cosas salen mal. El tiempo se convierte en algo cruelmente elástico, que se estira cuando está lejos y se contrae si lo tienes junto a ti. Compartes tiempo, sueño, piel, cafés, preocupaciones, series y ciudades y, lo que antes era tuyo, ahora es vuestro. Vuelves a saber lo que es añorar y, aunque es romántico, aunque dice algo que a la postre siempre es bello, echar de menos no es bonito, es vacío y ningún amor debería acostumbrarse a ello.
Enamorarse da miedo, claro, pero a mí, personalmente, me da más miedo la alternativa y el vértigo de no saber qué sería de nuestra vida si no se hubiera cruzado el amor.
Quizá se ha convertido en un tópico, pero enamorarse da miedo. Mucho miedo. Al principio no mucho. Cuando aún tienes la adrenalina por las nubes, no es que no pienses en ello, es que directamente no piensas. Pero luego, el amor (cuando es amor) se asienta en el estómago y es entonces cuando te das cuenta de la magnitud del “problema”.
Vuelves a abrirte a alguien, vuelves a mostrarte vulnerable frente a una persona que puede amarte, pero también puede herirte si las cosas salen mal. El tiempo se convierte en algo cruelmente elástico, que se estira cuando está lejos y se contrae si lo tienes junto a ti. Compartes tiempo, sueño, piel, cafés, preocupaciones, series y ciudades y, lo que antes era tuyo, ahora es vuestro. Vuelves a saber lo que es añorar y, aunque es romántico, aunque dice algo que a la postre siempre es bello, echar de menos no es bonito, es vacío y ningún amor debería acostumbrarse a ello.
Enamorarse da miedo, claro, pero a mí, personalmente, me da más miedo la alternativa y el vértigo de no saber qué sería de nuestra vida si no se hubiera cruzado el amor.
Quizá se ha convertido en un tópico, pero enamorarse da miedo. Mucho miedo. Al principio no mucho. Cuando aún tienes la adrenalina por las nubes, no es que no pienses en ello, es que directamente no piensas. Pero luego, el amor (cuando es amor) se asienta en el estómago y es entonces cuando te das cuenta de la magnitud del “problema”.
Vuelves a abrirte a alguien, vuelves a mostrarte vulnerable frente a una persona que puede amarte, pero también puede herirte si las cosas salen mal. El tiempo se convierte en algo cruelmente elástico, que se estira cuando está lejos y se contrae si lo tienes junto a ti. Compartes tiempo, sueño, piel, cafés, preocupaciones, series y ciudades y, lo que antes era tuyo, ahora es vuestro. Vuelves a saber lo que es añorar y, aunque es romántico, aunque dice algo que a la postre siempre es bello, echar de menos no es bonito, es vacío y ningún amor debería acostumbrarse a ello.
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Quizá se ha convertido en un tópico, pero enamorarse da miedo. Mucho miedo. Al principio no mucho. Cuando aún tienes la adrenalina por las nubes, no es que no pienses en ello, es que directamente no piensas. Pero luego, el amor (cuando es amor) se asienta en el estómago y es entonces cuando te das cuenta de la magnitud del “problema”.
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Quizá se ha convertido en un tópico, pero enamorarse da miedo. Mucho miedo. Al principio no mucho. Cuando aún tienes la adrenalina por las nubes, no es que no pienses en ello, es que directamente no piensas. Pero luego, el amor (cuando es amor) se asienta en el estómago y es entonces cuando te das cuenta de la magnitud del “problema”.
Vuelves a abrirte a alguien, vuelves a mostrarte vulnerable frente a una persona que puede amarte, pero también puede herirte si las cosas salen mal. El tiempo se convierte en algo cruelmente elástico, que se estira cuando está lejos y se contrae si lo tienes junto a ti. Compartes tiempo, sueño, piel, cafés, preocupaciones, series y ciudades y, lo que antes era tuyo, ahora es vuestro. Vuelves a saber lo que es añorar y, aunque es romántico, aunque dice algo que a la postre siempre es bello, echar de menos no es bonito, es vacío y ningún amor debería acostumbrarse a ello.
Enamorarse da miedo, claro, pero a mí, personalmente, me da más miedo la alternativa y el vértigo de no saber qué sería de nuestra vida si no se hubiera cruzado el amor.
Ahora que todo el mundo habla de los propósitos para el nuevo año, recuerda:
– No “tienes que”. Si para algo debe servir una lista de objetivos es para motivarte, no para agobiarte ni frustrarte. Eres tú mismo buscando una versión más feliz, no una versión “mejorada”.
– Que la lista esté llena de cosas buenas para ti, que te ayuden a ser feliz, a vivir más años, a disfrutar más y/o preocuparte menos.
– Que, para “alcanzar la meta” sea indispensable disfrutar del proceso. Si algo me han enseñado los años es que imponerse algo que nos hace sufrir es el camino más corto para el abandono.
Hace mucho tiempo que aprendí que mi relación con la elíptica no iba a mejorar y era mejor que nos dijéramos adiós, por ejemplo. De la misma manera que para leer todos los libros que quiero leer este año, buscaré lecturas que me apasionen.
– El objetivo es ser más feliz, con lo que, si durante un tiempo no cumples, si se te olvida, no puedes, no te apetece o priorizas otras cosas, no te castigues.
– No te compares. Tus propósitos son para ti, hacia dentro, personales e intransferibles y no son ni mejores ni peores que los de otra persona.
– Busca enunciar aquello que quieres conseguir con concreción, incluyendo los pasos que debes seguir para alcanzarlo. Si esos pasos te suponen ansiedad quizá ese propósito no es para ti… o no lo es aún.
– La vida ya es, por sí misma, suficientemente complicada, así que: póntelo fácil. Y abrázate. Recuérdate a menudo que lo estás haciendo bien, que intentarlo ya es dar un paso, que juzgar/juzgarte es una pérdida de tiempo que nunca suma, que te mereces darte espacio, tregua y amor. Esa clase de amor que solo puedes darte tú mism@.
Recuerda, Elísabet, y que no se te olvide.
Me siento poco original y, además, algo egocéntrica, pero he convertido este “hacer repaso del año” en una tradición que me permite ser honesta conmigo misma, y también con las redes sociales.
2023 ha sido un año difícil; no malo, difícil. Ha sido el año de la soledad escogida, de temer de verdad por primera vez por alguien a quien quieres, de cambiar de rumbo, perder el miedo (o al menos encararlo con buen talante). Ha sido el año de dejar de fumar, de volver a cocinar, de hacer deporte por placer y buscar cierta tranquilidad. Ha sido el año del jetlag, de sobrevolar los Andes, de romper con vínculos tóxicos, seguir yendo a terapia, abrazar mi cuerpo grande y quererme mejor. Porque de eso va, ¿no? De quererse cada año un poquito mejor.
Me fui a París dos semanas, la primera sola, la segunda en la mejor compañía.
Me hice fotos en los baños con mi hermana pequeña. Hablamos muchísimo sobre la vida y le presentamos nuestras quejas y nuestras ofrendas.
Me demostré que Maldivas no tiene por qué ser un destino para enamorados, aunque la amistad es otro tipo de amor.
Hice hogar junto al Mediterráneo, donde recibí malas noticias, brindé por la vida, lloré, me reí, retocé y leí.
Presenté un libro que cerraba un ciclo simbólico. Me atreví a jugar con las apariencias y a reírme con ello. Y lo presentó un tipo maravilloso al que quiero millones.
Vi Santiago de Chile despertar entre montañas y “a Amaral le gusta esto”.
Hice el loco con amigos. Afiancé amistades que quiero que duren para siempre.
Como para siempre quiero que viva el vínculo mágico e increíble que me une a mi sagrada editora y amiga Ana y a mi primo postizo Miguel. Qué suerte tenerles.
También cumplí la promesa de recorrer mundo junto a ellas y, tendremos que demostrarlo en los años venideros, pero tenemos la intención de seguir haciéndolo. Napoles querida…
Y en el momento en el que abracé mi cuerpo y mi vida en soledad, que le di un sentido propio e intransferible a la palabra hogar, que dejé de esperar más, llegó una ola enorme que me elevó sobre mis expectativas, me meció y puso la primera letra para un nuevo idioma compartido. Y me enamoré.
Vaya año. Vaya viaje.
Vamos a por otro. ¿Me acompañáis?
Me siento poco original y, además, algo egocéntrica, pero he convertido este “hacer repaso del año” en una tradición que me permite ser honesta conmigo misma, y también con las redes sociales.
2023 ha sido un año difícil; no malo, difícil. Ha sido el año de la soledad escogida, de temer de verdad por primera vez por alguien a quien quieres, de cambiar de rumbo, perder el miedo (o al menos encararlo con buen talante). Ha sido el año de dejar de fumar, de volver a cocinar, de hacer deporte por placer y buscar cierta tranquilidad. Ha sido el año del jetlag, de sobrevolar los Andes, de romper con vínculos tóxicos, seguir yendo a terapia, abrazar mi cuerpo grande y quererme mejor. Porque de eso va, ¿no? De quererse cada año un poquito mejor.
Me fui a París dos semanas, la primera sola, la segunda en la mejor compañía.
Me hice fotos en los baños con mi hermana pequeña. Hablamos muchísimo sobre la vida y le presentamos nuestras quejas y nuestras ofrendas.
Me demostré que Maldivas no tiene por qué ser un destino para enamorados, aunque la amistad es otro tipo de amor.
Hice hogar junto al Mediterráneo, donde recibí malas noticias, brindé por la vida, lloré, me reí, retocé y leí.
Presenté un libro que cerraba un ciclo simbólico. Me atreví a jugar con las apariencias y a reírme con ello. Y lo presentó un tipo maravilloso al que quiero millones.
Vi Santiago de Chile despertar entre montañas y “a Amaral le gusta esto”.
Hice el loco con amigos. Afiancé amistades que quiero que duren para siempre.
Como para siempre quiero que viva el vínculo mágico e increíble que me une a mi sagrada editora y amiga Ana y a mi primo postizo Miguel. Qué suerte tenerles.
También cumplí la promesa de recorrer mundo junto a ellas y, tendremos que demostrarlo en los años venideros, pero tenemos la intención de seguir haciéndolo. Napoles querida…
Y en el momento en el que abracé mi cuerpo y mi vida en soledad, que le di un sentido propio e intransferible a la palabra hogar, que dejé de esperar más, llegó una ola enorme que me elevó sobre mis expectativas, me meció y puso la primera letra para un nuevo idioma compartido. Y me enamoré.
Vaya año. Vaya viaje.
Vamos a por otro. ¿Me acompañáis?
Me siento poco original y, además, algo egocéntrica, pero he convertido este “hacer repaso del año” en una tradición que me permite ser honesta conmigo misma, y también con las redes sociales.
2023 ha sido un año difícil; no malo, difícil. Ha sido el año de la soledad escogida, de temer de verdad por primera vez por alguien a quien quieres, de cambiar de rumbo, perder el miedo (o al menos encararlo con buen talante). Ha sido el año de dejar de fumar, de volver a cocinar, de hacer deporte por placer y buscar cierta tranquilidad. Ha sido el año del jetlag, de sobrevolar los Andes, de romper con vínculos tóxicos, seguir yendo a terapia, abrazar mi cuerpo grande y quererme mejor. Porque de eso va, ¿no? De quererse cada año un poquito mejor.
Me fui a París dos semanas, la primera sola, la segunda en la mejor compañía.
Me hice fotos en los baños con mi hermana pequeña. Hablamos muchísimo sobre la vida y le presentamos nuestras quejas y nuestras ofrendas.
Me demostré que Maldivas no tiene por qué ser un destino para enamorados, aunque la amistad es otro tipo de amor.
Hice hogar junto al Mediterráneo, donde recibí malas noticias, brindé por la vida, lloré, me reí, retocé y leí.
Presenté un libro que cerraba un ciclo simbólico. Me atreví a jugar con las apariencias y a reírme con ello. Y lo presentó un tipo maravilloso al que quiero millones.
Vi Santiago de Chile despertar entre montañas y “a Amaral le gusta esto”.
Hice el loco con amigos. Afiancé amistades que quiero que duren para siempre.
Como para siempre quiero que viva el vínculo mágico e increíble que me une a mi sagrada editora y amiga Ana y a mi primo postizo Miguel. Qué suerte tenerles.
También cumplí la promesa de recorrer mundo junto a ellas y, tendremos que demostrarlo en los años venideros, pero tenemos la intención de seguir haciéndolo. Napoles querida…
Y en el momento en el que abracé mi cuerpo y mi vida en soledad, que le di un sentido propio e intransferible a la palabra hogar, que dejé de esperar más, llegó una ola enorme que me elevó sobre mis expectativas, me meció y puso la primera letra para un nuevo idioma compartido. Y me enamoré.
Vaya año. Vaya viaje.
Vamos a por otro. ¿Me acompañáis?
Me siento poco original y, además, algo egocéntrica, pero he convertido este “hacer repaso del año” en una tradición que me permite ser honesta conmigo misma, y también con las redes sociales.
2023 ha sido un año difícil; no malo, difícil. Ha sido el año de la soledad escogida, de temer de verdad por primera vez por alguien a quien quieres, de cambiar de rumbo, perder el miedo (o al menos encararlo con buen talante). Ha sido el año de dejar de fumar, de volver a cocinar, de hacer deporte por placer y buscar cierta tranquilidad. Ha sido el año del jetlag, de sobrevolar los Andes, de romper con vínculos tóxicos, seguir yendo a terapia, abrazar mi cuerpo grande y quererme mejor. Porque de eso va, ¿no? De quererse cada año un poquito mejor.
Me fui a París dos semanas, la primera sola, la segunda en la mejor compañía.
Me hice fotos en los baños con mi hermana pequeña. Hablamos muchísimo sobre la vida y le presentamos nuestras quejas y nuestras ofrendas.
Me demostré que Maldivas no tiene por qué ser un destino para enamorados, aunque la amistad es otro tipo de amor.
Hice hogar junto al Mediterráneo, donde recibí malas noticias, brindé por la vida, lloré, me reí, retocé y leí.
Presenté un libro que cerraba un ciclo simbólico. Me atreví a jugar con las apariencias y a reírme con ello. Y lo presentó un tipo maravilloso al que quiero millones.
Vi Santiago de Chile despertar entre montañas y “a Amaral le gusta esto”.
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Como para siempre quiero que viva el vínculo mágico e increíble que me une a mi sagrada editora y amiga Ana y a mi primo postizo Miguel. Qué suerte tenerles.
También cumplí la promesa de recorrer mundo junto a ellas y, tendremos que demostrarlo en los años venideros, pero tenemos la intención de seguir haciéndolo. Napoles querida…
Y en el momento en el que abracé mi cuerpo y mi vida en soledad, que le di un sentido propio e intransferible a la palabra hogar, que dejé de esperar más, llegó una ola enorme que me elevó sobre mis expectativas, me meció y puso la primera letra para un nuevo idioma compartido. Y me enamoré.
Vaya año. Vaya viaje.
Vamos a por otro. ¿Me acompañáis?
Sigo aprendiendo y, de un modo absurdo, me sorprende. Yo sabía que no se dejaba de aprender jamás, pero quizá pensé que habría cosas que ya sabría a mi edad.
Sigo aprendiendo sobre el miedo. Cada año es como una mano que aprende a dibujar y que se empeña en hacer más nítido el perfil del pánico. Antes temía y muchas veces no sabía ni a qué. Ahora lo sé: temo la pérdida, temo el dolor de los míos, temo la frustración de no poder aliviar el vacío ajeno, temo no ser nunca lo suficientemente buena para mí misma.
Sigo aprendiendo sobre qué es el amor. Creo que nunca sabré dar una definición exacta, pero sigo aprendiendo que a veces se disfraza de silencio cómodo, que duerme buscándote en la cama, que huele a rutinas, que no se alimenta de grandes gestos, si no de pequeñas palabras. Este año aprendí que se puede amar lo que no esperas y que se ama, además, con calma.
Sigo aprendiendo sobre mí, sobre aquellas cosas que me afean el ánimo, sobre mis cicatrices y la cojera que me dejaron algunos dolores. Aprendo que mi cuerpo puede con más de lo que creo, que hay que abrazarse cuando todo sale mal y no tomarse demasiado en serio cuando sale todo bien y que se puede mandar a la mierda a quien defienda que de la tristeza profunda te saca un pintalabios rojo y un poquito de actitud. A mí, del hoyo, me sacó el amor de los míos, el tiempo, la terapia y la cantidad de uñas que dejé clavadas en la tierra para poder escalar hasta la luz.
Sigo aprendiendo sobre la belleza, sobre la moda, sobre lo frívolo y lo divino, sobre lo que me gusta y la vida a la que aspiro, sobre la luz y la tiniebla, sobre el arte, la literatura y la soledad. Sigo aprendiendo, qué bien, pues vivo además de sobrevivir. Y entre lección y lección aprendo a poner límites, a decir no, a decir “no es momento”, a lamerme las heridas, a exigirme bonito y a decir te quiero.
Esta foto no es de hoy, porque hoy no he salido de mi apartamento. ¿Y para qué te has ido a París?, pensarán algunos. Vine porque lo necesitaba. Vine porque quería escribir aquí y tenía cosas que hacer conmigo misma.
Hoy me he levantado a las siete de la mañana, me he dado una ducha, me he puesto ropa para estar en casa y he empezado a trabajar. Hoy he escrito casi 14.000 palabras. 23 páginas. Y no puedo más. Tengo días malos, de 2.000 palabras, tengo días muy buenos, de 8.000, pero lo de hoy no me había pasado nunca. Y eso me recuerda a que, cuando escribí Un cuento perfecto, pasé por una crisis similar a la que sentí la semana pasada con este proyecto y cuando se lo conté a mi buen amigo @holdencenteno (que pocas veces he visto equivocarse) y compartí mi miedo a haber perdido el oficio (creo que le dije “mi mojo” concretamente), cogió su botellín de cerveza y me explicó que era una g*l I p* l las. “Tú escribes desde las tripas, Elisabet”, me dijo. Y tenía razón. No sé escribir si no es desde las vísceras y hoy me las he dejado sobre el teclado del ordenador. Sin darme cuenta, me encamino a cerrar el segundo tercio de la historia.
Deseadme suerte.
Pd: mañana saldré, no os preocupéis.